Cómo un niño de 9 años me enseñó a jugar
Nadie ha crecido sin empezar por ser niño. Algunos psicólogos definen al niño como un adulto en desarrollo… y no están equivocados, es evidente. Y ningún niño crece sin jugar. Es algo que vemos como natural, algo que todos dan por hecho: los niños juegan. Lo que sería raro, es que no jugaran.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar el porqué.
El juego es la forma en la que el niño interactúa con el mundo. Desde que tienen unos pocos meses, empiezan. Los bebés juegan con sus manos, con sus pies, haciendo ruidos… se ríen de las caras que les hace papá o mamá mientras les cambian el pañal. Conforme van creciendo, el juego se vuelve un poco más complejo: trepan… lo que sea… desde el sillón de la sala hasta ese banquito que usas para subir las galletas a la parte más alta de la alacena donde no las alcancen. Empiezan a copiar lo que haces… juegan a ser cocineros, bomberos, doctores. En realidad no saben cuál es la descripción del puesto, pero lo imitan. Luego hacen amigos, y aparecen juegos desde la escuelita donde la maestra regaña a todos, hasta esos partidos de fútbol que duran mucho más allá de la hora de la cena.
Todo eso es un proceso a través del cual los peques van entendiendo cómo funciona el mundo.
Primero se ponen a prueba: ¿qué tanto puedo hacer con mi cuerpo? ¿Lo puedo controlar? ¿Para qué sirven mis manos? ¿Si estiro el brazo puedo alcanzar la puerta? Los niños empiezan a conocerse, a conocer texturas, a esforzarse por lograr cosas… por moverse y hablar como papá o como mamá.
Luego, ya que pudieron dar algunos pasos y articular algunas palabras, se dan cuenta de que papá se va todo el día a algún lugar, y que por la noche mamá prepara la comida. Y más que preguntar, tratan de entenderlo copiando lo que hacen papá y mamá. Se ponen ropa diferente, usan herramientas, guardan sus cosas en una mochila o en un portafolio, rayan hojas… y cuando les preguntas qué están haciendo, te dicen que están trabajando. Eso es el juego simbólico… los niños intentan entender lo que los adultos hacen.
Además de interpretar papeles, los niños ponen sus propias reglas. Si están horneando pasteles y alguien llega a decirles "bueno, a bañarnos", se enojan… no tanto porque no les guste bañarse, sino porque el pastel aún no está listo. Saben cuándo empieza y cuándo termina su juego. Esas reglas son importantes para ellos porque así le empiezan a dar estructura a su mundo. Empiezan a definir cómo van a interactuar con sus cosas, con su entorno y con los demás.
Y cuando ya están listos… dan el siguiente paso.
Ahora tienen amigos. Y con los amigos juegan al restaurante, o al fútbol. Juegos con personajes, roles, lugares y objetivos. Y pueden hacerlo, porque antes lo hacían solos. Ahora están aprendiendo a poner reglas juntos… viendo con qué tipo de personas pueden jugar mejor, y cómo… y dónde… y para qué.
Y después… están listos para integrarse a la sociedad adulta.
Los valores de los que tanto se habla hoy en México se aprenden en esas actividades tempranas. ¿Qué mejor forma de formar a tus hijos que jugando con ellos? Es la manera natural de decirles: esto está bien, esto está mal, esto se hace así, esto es peligroso, en esta casa no nos portamos así ni decimos eso. Y es la forma más natural en la que ellos lo van a aprender.
Desafortunadamente, hoy tenemos dos problemas. El primero es que nadie nos enseñó cómo los adultos pueden jugar con los niños. El segundo es que la competencia que a veces dejamos entrar y ganar sola está diseñada para quitarnos su atención de forma permanente… sí, las pantallas.
El problema principal de las pantallas no es que sean adictivas, aunque por supuesto lo son. El problema es que todo el proceso del juego te lo dan ya hecho. Tu hijo no pone reglas en cómo juega Roblox. No recibe esa “sanción” de lo que está bien y lo que está mal, de ti… sino de alguien que escribió una historia y luego la animó. No es algo malo per se… pero ¿tu hijo lo entendió como tú lo entendiste? ¿Es algo con lo que estás de acuerdo?
Además, está el problema del tiempo. Los traslados, el trabajo, el súper, las cuentas… todo eso te agota y te deja una hora al día antes de caer rendido. Una estadística del ENUT que podría llegar a desanimar es que en México el tiempo real que pasa un padre jugando con sus hijos al día ronda los 15 minutos. Quince. Sin embargo, el tiempo total de presencia con los hijos ronda la hora y media diaria. Y ahí está la oportunidad… porque no hay razón para que bañarse, cenar, o incluso amarrarse los zapatos, no sean parte del juego.
Como papás, tenemos la obligación de cubrir las necesidades de nuestros hijos… y eso incluye, y debe priorizar, el juego. No por los bonitos recuerdos que nos dejará cuando seamos abuelos, sino porque es a través del juego que los formamos. Y si estamos preocupados por el futuro que van a vivir, esta debería ser una de nuestras principales preocupaciones.
Uno de los problemas, lo repito, es que como adultos no nos enseñaron a jugar con los niños. Pero no es tan complicado como parece. Y lo sé, porque a mí me lo enseñó un niño de 9 años.
Cuando empecé como animador de campamentos tenía casi 27 años. La mayoría llega a los 16. Mi primera Colonia fue difícil… los niños no querían jugar conmigo. Lo que les proponía no les interesaba, y yo no entendía por qué.
No importaba que fuera correr por la casa, o hacer un castillo a partir de palitos y pliegos de papel kraft, era algo que no les importaba y no hicieron.
La semana llegó casi a su fin y yo seguía sin conectar del todo con mi equipo. En las noches antes de dormir, a los niños en el cuarto, les contaba cuentos de dragones y piratas, básicamente porque no sabía qué otra cosa inventar... y además el objetivo era que se durmieran, así que lo hacía tan pausado y aburrido como fuera posible.
La última noche, un niño al que voy a llamar Miguel me pidió que le terminara de contar el cuento. Para ser sincero, me sorprendió un poco. Yo no recordaba en qué parte me había quedado, ni siquiera de qué era… siempre pensé que se dormían antes de que yo terminara...
Pero Miguel había estado escuchando. Toda la semana. Me preguntó si ese dragón que había nacido de un hueso de aguacate, finalmente llegó al castillo. Además de que le interesaba, se había quedado “picado” con la historia… quería seguir escuchando, seguir jugando en su cabeza.
Ahí entendí algo que no había leído antes en ningún libro: no necesitas estar corriendo ni manchado de pintura para que una actividad sea un juego. Solo necesitas hacer algo que tenga sentido para el niño y le interese. Y la responsabilidad de hacerlo interesante… es tuya.
Terminé inventando el final de la historia, agregando un poco más de emoción y, por supuesto, sintiéndome un poco mal porque no había puesto todo el empeño desde el inicio. Pensando que tal vez, estaba muy interesado en el cuento. Entendiendo que no todos los juegos son como te los imaginas, ni se juegan igual.
Mi maestro fue un niño de 9 años.
Por eso existe Elephantir. Para darle un espacio tanto a los niños como a sus papás para poder jugar y formarse juntos. Para desarrollarse como familia. Para construir algo más que recuerdos. Para relacionarse mejor entre ellos y con el mundo fuera de casa.
Para transformar el juego en familia.
Porque el juego es importante. Porque la familia es central. Y porque los padres somos el piso, las paredes, el techo y el motor que mantiene todo junto.
Cada semana voy a escribir sobre esto.
Sobre el juego, sobre los niños, sobre lo que significa ser papá hoy.
Porque la infancia no espera.
Porque un día dejan de pedirte que les cuentes el cuento.
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